Encontré este interesante articulo de la Psicóloga Nuria Costa, el cual quiero compartir con ustedes para luego hacer unas reflexiones personales sobre el mismo. Aquí les dejo su blog:
http://www.soncomosomos.com, ¡me encantó!
y ella/él no lo entiende y no lo entiende y no lo entiende y yo se lo repito, se lo hago ver, para que reaccione pero no hay manera. Se lo he dicho por activa y por pasiva, insisto, porque a mi modo de ver, así no se puede ser feliz. Si sigue con esta actitud ella/él misma/a, ya se lo encontrará…
”
http://www.soncomosomos.com, ¡me encantó!
y ella/él no lo entiende y no lo entiende y no lo entiende y yo se lo repito, se lo hago ver, para que reaccione pero no hay manera. Se lo he dicho por activa y por pasiva, insisto, porque a mi modo de ver, así no se puede ser feliz. Si sigue con esta actitud ella/él misma/a, ya se lo encontrará…
”
¿Cuántas
veces insistimos en cambiar la actitud o comportamiento de alguien? Sea
a través de consejos o a través de sermones, nos empeñamos en modificar
una actitud o comportamiento que no nos gusta o que vemos que hace
sufrir a alguien que queremos. En ese intento, no solo nos frustramos y
generamos estrés sino que además, nos quedamos egoístamente “a ciegas”,
buscando la razón a lo que para nosotros es tan obvio. Esto es; existe
una extraña tendencia en el ser humano, una especie de deseo de cambio
en los demás que genera gran sufrimiento cuando no se consigue.
Como
seres sociales, parece ser que somos un poco egoístas. Algunos estudios
demuestran que cuando conversamos con alguien, nuestro anhelo no está
tanto en explicar, compartir una idea y ser escuchados sino
en cambiar la opinión del otro y que su visión de las cosas sea como el
nuestro. Ese inconsciente deseo ciego, no nos deja ver que los demás
son diferentes y que cada uno tiene su propia visión de la vida.
Por
otra parte, las expectativas que nos formamos cada uno de nosotros
sobre el cómo debe ser la gente y cómo se debe actuar en según que
situaciones, nos impide de la misma manera “aceptar” la multitud de
opiniones y actuaciones de los demás. Nuestras intenciones son buenas y
gastamos gran cantidad de energía mental en demostrarlas pero nos
olvidamos de que cada persona es distinta y que tal vez nuestro deseo de
cambio no sea el suyo. Lo curioso de esta situación es que esto nos
llega a generar malestar, estrés y frustración cuando no conseguimos
entender que los otros piensen y hagan las cosas de manera distinta.
En otro sentido, hay quien apunta que esta tendencia tiene que ver con el control.
Hay personas que necesitan tener un absoluto control de su entorno y
cuando a su alrededor, se dan aspectos que escapan a su entendimiento,
generan estrés y ansiedad. Es una especie de amenaza cognitiva que
genera disconformidad y por lo tanto enojo.
No
podemos tener el poder sobre los otros ni otorgarnos una
responsabilidad que no nos pertenece pero parece que esto no lo acabamos
de aprender. A menudo insistimos en que alguien cambie y no aceptamos
su manera de actuar u opinar tal vez porque haya primero algo que
revisar en nosotros mismos. Me pregunto, si en una sociedad en la que
estamos acostumbrados a obtener todo lo que queremos, trasladamos ese
capricho a moldear a los otros según nuestros antojos.
Para que exista un cambio, debe darse en uno mismo. No por más insistir, quejarse y enojarse alguien cambiará aunque
esto supusiera un bien para el otro. Lo que está claro es que perdemos
tiempo, nos desencantamos y nos molestamos, por algo que no está a la
alcance de nuestras manos. ¿Y si nos planteamos empezar por nosotros
mismos?
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Después de leerlo me doy cuenta de la cantidad de veces, que como madre lo he hecho con mis hijos, como si el ser padre te diera la capacidad de saber cómo deben vivir la vida nuestros hijos, sin entender que ellos tienen el derecho de vivirla a su modo, y también el derecho de equivocarse y aprender de sus errores y que nosotros debemos aceptar y apoyarlos en lo que ellos decidan hacer.
Esto lo escribo como una especie de recordatorio, para mi misma.
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